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Fotógrafos de parque, la memoria que no se va

Martes, Marzo 30, 2021
Fotógrafos de parque, la memoria que no se va

Un chaleco caqui de dril tipo pescador, un sombrero blanco muy elegante, una cámara sencilla bien puesta en su funda, una impresora portátil colgada al cuello y un muestrario de fotos con turistas sonrientes en ellas son la pinta diaria de don Raúl, uno de los fotógrafos oficiales de la Plaza de Bolívar.

La vista afinada escudriña la plaza para distinguir al posible cliente que quiera posar junto a las palomas o a alguno de los edificios del poder. Son las 10 de la mañana y ya consiguió sacar un par de fotos a un grupo de turistas jóvenes.

- “Eran como gringos, creo”, dice muy serio. “Esas fotos van a viajar para lejos”.

70 años tiene, que fácilmente pasan por 50. Derechito. La piel de cobre, el gesto recio… Así luce el más antiguo de los fotógrafos de la plaza.

“Cuando me vine de Cachipay, por allá como en el 68, llegué a hacer de celador, pero me hice amigo de alguien que tenía una discoteca y hacía fotos sociales y él me enseñó el arte. Ya luego fui fotógrafo ambulante, recorriendo los barrios con un grupo de 10 peladas que iban de puerta en puerta ofreciendo el servicio, para fotografiar al niño en la tina, la familia en la fachada de la casa o junto al Simca del vecino. Pocos teníamos cámaras y a la gente le gustaba tener sus fotos en álbum”.

Los álbumes, esos libros caseros hoy olvidados en algún cajón, que iban creciendo con el tiempo y que servían para guardar las fotos de la familia. Se reservaban para ver con las visitas en las casas, con los novios que se presentaban. Allí se incluían los cumpleaños, los matrimonios, las vacaciones, los funerales. ¿Alguno recuerda la última vez que puso una foto dentro de un álbum? Ya ni álbumes, ni visitas, ni novios son cosas corrientes.

“Luego trabajé en Monserrate. Ahí caminaba menos y ganaba más. Uno tomaba la foto -que valía un peso-, recibía un abono, daba un recibo y la gente volvía a reclamarla o uno la llevaba hasta la casa. Luego llegaron las motos al país, por allá por el 75, y entonces me parqueaba con una nuevecita y con un sombrero mexicano la gente se tomaba las fotos subidos en ella, en esa esquina”, dice señalando la Casa del Florero.

Su amigo Abraham, un novato oriundo de Cimitarra, que sólo lleva 24 años de experiencia acá agregra: "Empecé con un perro lanetas, grandote. Uno le montaba los chinitos en el lomo y él ni se mosqueaba. Juicioso dejaba que se subieran”, recuerda.

Usa un sombrero como el de don Raúl, como de campesino cuando baja al pueblo, con el pin de Asonalfoco bien visible en el frente. Me muestra orgulloso su carné.

“Trabajábamos con la Olympus Pen, que dejaba sacar 72 fotos de un rollo y era perfecta para el telescopio”. En el telescopio se veían fotos de transparencia, que se montaban en un pequeño visor de plástico colorido para ver contra una fuente de luz.

“Eran los buenos tiempos. El fotógrafo era el rey. A uno lo buscaban y a veces ni lo conseguían, porque todos andábamos muy ocupados. No como ahora, que le toca preguntar a uno si quieren una foto. Y, pues, cada uno con su celular, ni voltea a mirar. Ahora ya todos son fotógrafos”.

-     ¿Y tienen un archivo muy grande de tantos años?
-     No, nada, ni digital, ni de rollos.

“Yo sí tengo cantidades en casa. Eso es muy importante”, dice Enrique, de Coyaima (Tolima).  Usa una gorra de béisbol de los Meets, camisa polo de manga corta y vende bolsitas de maíz para las palomas.

Dos frases después está contando la historia del Palacio de Justicia, de cuando se construyó la Catedral luego del terremoto, de cuando la capilla era un bebedero, de los alcaldes, de los presidentes, de la venida de los papas… Señala a una pared al lado de la Catedral. “Mire, ahí están las marcas de la venida de Pablo VI y Juan Pablo II. Falta la de Francisco”.

No sólo vende sus fotos o el maíz, sino que además les da contexto a los turistas para que sepan dónde es que están parados”. A veces se animan y le compran una caminata guiada de una hora.

“Hay algunos que regatean, pero las más de las veces, cuando se logra, pagan la tarifa y dan encime. Eso es como todo, hay gente de toda”.
Llega una parejita de muchachos. Enrique siempre les ha hecho sus fotos. 

-     ¿Y no prefieren las fotos de celular?, pregunto. Enrique queda atento a la respuesta.
-     No, mijito, no hay nada como la foto-foto, que no se pierde, que no se la roban a uno en el celular. Igual don Enrique luego me la manda por Whatsapp.

Enrique me mira de reojo con una sonrisita orgullosa.

Pero ellos son un poco la excepción. “Esto no es lo que era. Había días en los que sacaba quince, veinte fotos en un día, sin contar con las contratas que salieran para eventos. Hoy, si le va bien a uno, hace ocho, pero hay días de tres, de dos fotos. Esta semana, por ejemplo, ni lunes, ni martes bajé bandera”, cuenta don Arturo, el vicedecano del lugar (pues es más antiguo como fotógrafo, pero más nuevo de estar en la plaza que don Raúl. Apenas 40 años). “El celular nos jodió, porque a la gente le da por creer que la foto la hace el aparato, pero uno no ha pasado su vida acá en esta plaza comiendo crispetas. Uno sabe de la pose, del encuadre para que salgan bien, para que queden los edificios, de dónde ponérsele al sol. Eso no es espichar y salió”.
 
Por estos días las cosas están pesadas. Es tiempo de lluvias y los turistas se espantan. Hasta la protesta social los está jodiendo, pues cuando hay marchas nadie se toma fotos con ellos. De encime, cuando se van, los edificios quedan cubiertos con esa tela plástica negra que deja a la Catedral, al Congreso, al Liévano y al Palacio de Justicia vestidos entre luto y obra negra. “¿Quién va a querer una foto así, o con ese Bolívar todo pintarrajaeado como queda después de cada protesta?”. Pero nunca faltan los enamorados, los que quieren un recuerdo a la antigua para salirse de la corriente selfie.

“Igual, yo sí prefiero venirme a la plaza que quedarme en la casa”, dice don Abraham apareciendo de nuevo, sonriente.  “Extraño a estos viejos", y en chanza le descuadra el sombrero a don Raúl.  “Cuando menos me entretengo garlando con estos abuelos".

"Abuelo, su papá, jediondo”, le responde don Raúl. Se ríen. Pasan un par de turistas. pero ya don Arturo va por ellos. Igual, le dicen que no.

Ellos siguen ahí, junto con las palomas, atentos a cualquier movimiento, buscando un gesto que indique una posibilidad de que alguien quiera llevarse el recuerdo en ese formato tan hermoso, tan palpable que es el papel.

“¿Oiga y porque no se hace una foto para llevarle a su señora? Seguro lo perdona”, dice don Abraham haciéndose el serio. 

“Esta cámara es buena y hasta lo saca bonito".  Carcajada grupal y tres minutos más tarde me voy muy contento con mis fotos y nuevos amigos colegas a quienes saludar en la plaza. 

Bella sensación esta de tener una imagen que puedo coger en mis manos, ponerla en un álbum, o en un marco, regalarla con un mensaje escrito a mano. Pasen por acá, que van a ver todo lo bonito.