
Sebastián Cobaleda conoció el fútbol desde muy niño, “eso fue amor a primera vista, yo me enamoré de él antes que de cualquier otra cosa por culpa de mis amigos” y fueron precisamente esos amigos quienes lo convencieron de que a los 13 años se convirtiera en barrista de Millonarios e “íbamos a todas partes detrás del equipo y conocí muchas ciudades, siempre alentando”. Hoy, 20 años después, tiene su propia escuela de fútbol, que cuenta con más de 100 niños, gracias al apoyo que le brinda la Alcaldía local de Kennedy a través del programa Presupuestos Participativos.
La Academia Deportiva La Roma no es una escuela de fútbol cualquiera, allí las clases no se pagan con dinero, si es que se pudiese hablar de pago. “A cambio de las clases, los chicos nos traen botellas plásticas, Tetra Pak, cartón, papel; todo ese material reciclable que la gente en la casa normalmente bota a la basura, nosotros lo pedimos como pago para reutilizarlo y ayudar a que no se contamine más el planeta”.
La historia de esta academia ha sido de esfuerzos, pero también de recompensa, “bien dicen que si uno la lucha, tarde o temprano llegan las recompensas. Un día por internet vimos que había algo llamado Presupuestos Participativos, en la Alcaldía local nos explicaron y nos presentamos con la propuesta para que apoyaran la escuela”, afirma.
Sebastián fue de casa en casa, explicándole a la gente su idea con el propósito de conseguir votos para que su idea fuera elegida en los Presupuestos Participativos. También pidió el apoyo de sus amigos en la barra de Millonarios, “todo voto que pudimos pedir, lo pedimos, nos la jugamos porque esto se hiciera realidad y lo logramos, la gente nos apoyó y tuvimos los recursos para no depender 100% del reciclaje y dedicarle más tiempo a los pelaos y sus clases. Ya no pasamos angustias por la plata, que es lo que generalmente afana y podemos vivir del amor al arte y haciendo lo que nos gusta”.
De hecho, anteriormente su escuela de fútbol vivía del reciclaje “y era duro, tocaba entrenar a los chinos y salir a recoger, entrenar a otro grupo y salir a separar, entrenar y salir a vender. De ahí teníamos plata para equipos, para los partidos, para el agua y pues obviamente para sobrevivir nosotros los profesores. No era suave, pero estábamos haciendo lo que nos gustaba y ayudando a que los pelados tuvieran algo en qué aprovechar el tiempo”, señala.
“La idea de cobrar así nació un día que estaba en la barra y vi a un parcero que hacía manillas, llaveros, placas para bicicleta y otras cosas; todo con las botellas de agua personales, le pedí que me enseñara y me iba bien vendiendo en los buses, se hacia uno buena platica y pues por esa persona le cogí gusto también al tema ambiental, así nació mi segunda pasión: todo lo ecológico”, cuenta Sebastián.
Hoy en día Sebastián tiene 33 años, “ha recorrido un camino bastante largo”, tiene tres hijos y con su escuela apoya a los jóvenes de la localidad de Kennedy que hacen parte de la academia y siguen llevando material reciclable porque “la lucha por cuidar el medioambiente no termina y queremos sembrarles la idea a ellos de que no todo es basura”.