
“¡Buenas, joven! ¡a la orden, siga! ¿qué flor está buscando?” dicen las señoras con un tono muy casero, casi maternal, tan pronto uno da un par de pasos en la colorida placita Las Flores.
Situada en la esquina de la 68 con la gris Caracas, al lado de una no menos gris estación del Transmilenio homónima, Las Flores es una cuña de color y fragancias suavecitas, cita de enamorados buscando un detalle inolvidable o de dolientes en trance de homenaje postrero.
“Aquí se ve de todo, sumercé” dice doña Gregoria, una de las primeras en haberse instalado en este lugar, a principios de los años 70. “Están los que vienen porque andan conquistando, los que están buscando que los perdonen, los que se les acaba de morir algún familiar o los que simplemente quieren adornar su casa. Para todo tenemos una flor.”
La oferta de Las Flores surgió como consecuencia de un asunto que ya no ocurre más: desde ahí, y desde la 72, partían los buses que iban hacia los nuevos cementerios del norte de la ciudad y los deudos encontraban acá la corona o el ramo que en el afán habían olvidado comprar.
El reordenamiento urbano de los años 80 (que cambió el claustro de La Porciúncula por un centro comercial) hizo que la alcaldía de Durán Dussan decidiera unificar a los vendedores de flores en un solo lugar: la actual plaza de Las Flores.
“Acá en Las Flores somos es un barrio, una familia, pues” dice Joahana Milena. “Está la tía Georgina, la tía Carmen, la tía Gregoria, la tía Gladys. No somos familia de sangre sino de crianza, unos con otros. Sus hijos crecimos juntos acá, estudiamos acá al lado, acá nos casamos, acá nos morimos. Por ejemplo, la mamá de Liliana, que se nos murió en septiembre…” y se le encharcan los ojos, ni bien me va a contar.
No se encuentra acá a nadie que lleve menos de 10 años en el trabajo, excepto, claro, los que no tienen ni 10 años de vida, como es el caso de Samuel, que hace las tareas del colegio mientras acompaña a su papá, Jorge Enrique “Carmelo”, ramero de oficio, trabajador de la plaza desde que empezó llevando agua para los ramos que armaban los hoy veteranos. “¿Y se dan muchos chascos por acá con tanto enamorado?” le pregunto ocioso a Carmelo, como para darle sal al relato. Me mira serio para decirme “sí, pero eso es reserva del sumario, que esto es un oficio casi de confesionario, señor” y suelta la risa. Igual no ofrece prenda.
-¿Cómo es que duran tanto ustedes acá, en este mismo oficio? Usted es de las jóvenes y lleva ya 20 años al frente…”
-“Más los de crianza” añade Jenny. O sea, toda la vida.
“Pues supongo que es porque acá nacimos, fuimos criados entre estos colores y estos olores. Aunque ¿sabe? Yo creo que es que a una le gusta mucho esto de ver a la gente feliz. Feliz de que van a llevarle una sonrisa a su pareja, un color a su casa o incluso, cuando se trata de un difunto, siente uno que ayuda a reparar ese dolor con el color de la flor. La flor es vida ¿ve? Donde uno las pone, no importa si es una astromelia sencillita o una orquídea toda despampanante, las cosas se perciben distinto. Es como si fueran música o luz del sol. Los espacios son otra cosa con flores.” Poesía le sale de la boca sin darse cuenta.
“El cierre de la pandemia fue difícil. Eso de que primero fue un fin de semana, luego 15 días, luego un mes, luego casi medio año. Yo, la verdad, creí que esto se acababa. Perdimos mucho material. Pero pues afortunadamente los clientes siguieron llamando y eso nos permitió sobrevivir” dice Liliana, que tiene un altarcito con las fotos de su mamá y su hermano ya idos, y las de su hijo. “Ellos son mi fuerza” dice bajito mientras sigue montando su ramo. Mira las flores. “Y ellas son mi terapia. Uno se concentra pues necesitan mucho cariño y cuidado. Son delicadas; tanto que no se dejan manejar de cualquiera”.
Y eso, que suena a agüero de mamá es una realidad palpable en Las Flores. Algunos no pueden tocar un girasol porque luego no abre o se dobla enseguida, hay otras floristas que son perfectas para las orquídeas o para las rosas. “Dejamos un poco de nosotras en ellas y hay de ellas en nosotras”y muestran sus manos, sus dedos, con marcas de espinas en ellas.
Las flores no son de primera necesidad, piensa uno, pues no se comen, ni se pueden guardar para después. Pero, de pronto sí lo son, urgentes por demás, para estos tiempos de gris e incertidumbre, tan necesitados como andamos de la alegría y el color de esta poesía delicada que es una flor.