
Los humanos en las ciudades hemos perdido mucho del sentido de exploradores que nos caracterizaba como especie, por el molde del horario por cumplir y la prisa para poder meternos en los atascos del tráfico y las oficinas.
Pero cuando logramos abandonar el condicionamiento pavloviano en el que vivimos, que nos dicta cada día qué hacer y qué no, que nos dice por dónde ir y qué lugares evitar porque son peligrosísimos, entendemos que las ciudades reservan sus espacios mejores para aquellos que se permiten salirse de los caminos recorridos, para aventurarse sin prisa y con los ojos nuevos por espacios desconocidos y descubrir joyas que han estado ahí por décadas esperando por nosotros.
La librería de libros leídos 'Merlín' es uno de esos lugares para descubrir, para perderse un poco, para encontrarse un mucho. Ubicada en un calle lóbrega del centro de Bogotá y sin cara de mayor cosa, es desde afuera un lugar como los tantos que hay en el sector de libros viejos sin más. Pero ni bien uno se anima a traspasar la puerta y levanta la miradavse encuentra con que ha transpasado una especie de portal espacio temporal en un lugar de muchos lugares, de muchos mundos, de historias entretejidas, amontonadas por los pasillos y salones que invitan a perderse en ellos.
“Siga y piérdase”, suele decir Célico, el dueño, que le ve a uno la cara de incredulidad de ver libros surgiendo de la escalera, creciendo como enredaderas desde el piso, abarrotando muebles y cajas. Tres pisos completos de una anarquía muy ordenada de títulos, temas y autores de cada cosa que uno llegue a imaginarse. Lo académico, lo procaz, lo técnico y lo lúdico se juntan y se apartan en los callejones laberínticos de la que viene siendo la más grande librería de páginas leídas de la ciudad.
200 mil títulos dice tener don Célico (que ya se mamó de cada periodista que viene a preguntar lo mismo cada vez, pero que no se ahorra una charla con quien le proponga conversa o negocio). Pero la sensación es que ese inventario sencillamente excede cualquier control contable.
Desde una esquina del tercer piso vigilan los estantes Gonzalo Arango y Camilo Torres en dos bellas fotos de Hernán Díaz. Y el resto es el silencio de todas esas letras contenidas tras las portadas de libros, revistas, manuales, enciclopedias, publicaciones infantiles, en una babel de idiomas, tiempos e intereses. Los recuerdos de miles de personas cuyos ojos recorrieron esas páginas, que dedicaron un libro de regalo o lo marcaron para evitar inocentemente que fuera expropiado por un “¿me lo prestas?” del cual nunca volvió.
Crujen las maderas del piso y se oyen abajo las indicaciones para buscar o encontrar algún autor, algún recuerdo, alguna cosa que hace años dejó de publicarse, mientras los dependientes ordenan cada día, como Sísifo, que nunca acabarán su tarea que se deshace cada día.
“Siga y piérdase”, aconseja, ordena don Célico. Lleve tiempo, le aconsejamos acá, aunque igual va a querer volver a perderse para encontrarse un poco, en ese laberinto llamado Merlín.