
Afuera, sobre la 8ª. con 19, en el centro de Bogotá, la ciudad ruge llena de autos y buses, gente con prisa; los pregoneros de los restaurantes ya empiezan a prepararse para recibir los comensales del mediodía.
Adentro, en el segundo piso de un pequeño centro comercial, suena sin estridencias, ni parlantes a la calle, Irakere, con el leve e inconfundible rastrilleo de la aguja de un tocadiscos. Un hombre mayor, calvo y moreno está leyendo un libro ilustrado de la historia de la música colombiana, tras el mostrador de una tienda con aire de bar llena de discos de vinilo y afiches de salseros.
-¿Don César?
-“No me joda, hombre, dígame César, no más”, dice sonriendo, con un acento paisa suave y campesino.
Una amiga me lo había recomendado, cuando le pregunté por el chat sobre lugares imperdibles del centro de Bogotá. Dos segundos después me dijo: “Musiteca. Vaya allá y pregunte por César Álvarez. Empiece ahí”.
Una tienda de discos funcionando en el año 2021, en los tiempos en que la música suena sin estar en ningún lugar, sin tan siquiera ser guardada en un archivo digital, debiera ser un dinosaurio herido que se resiste a morir. Y sin embargo, Musiteca es un animal gozoso que disfruta de cabal salud.
Mientras me cuenta cómo fue su infancia, desplazado por la violencia partidista de su natal Manzanares (Caldas), que se le llevó a su papá y a varios tíos en la masacre de Marquetalia, va poniendo discos y hablando de los que cantan y dónde lo consiguió. No es un vendedor de discos, sino un melómano. De hecho, le cuesta vender los discos, sus discos. “Yo abro el local y empieza mi vida. Esto no es un negocio, es mi pasión. Como fue la pasión de mi hermano Saúl”.
Llegaron a Bogotá en 1972 a buscar la vida junto con su mamá, ya viuda por segunda vez. “Llegamos a vivir a La Perseverancia. Mi hermano se metió a negociar en las casetas de la 19 y yo llevaba almuerzos en el centro, a Pacheco, a Julio Sánchez Vanegas, a Gossaín. A toda la farándula yo le llevaba almuerzos”.
Las casetas de la 19, hoy desaparecidas, eran el centro los libros usados y los discos nuevos. Tan fuerte era el mercado, que las tiendas formales les exigieron a las distribuidoras no venderles más a las casetas. Pero lo que parecía el fin para su negocio se convirtió en una resistencia que dio origen a una nueva vertiente, pues Saúl, que ya tenía su caseta propia, se pegaba los viajes a Venezuela a buscar vinilos de bandas nuevas. La muestra allá era mucho más amplia y menos comercial, y el subsidio de la entonces boyante economía venezolana daba para poder pagar todas las mordidas que tocaba dar a los alcabaleros -pues se traían de contrabando- en las 20 horas por carretera. Esto hizo de la caseta de Saúl y César y -luego de la reubicación obligada- de su local, un lugar de culto para los melómanos. Todos los que hablan y escriben de música en Bogotá y más allá, pasaron por esa iglesia, por esa escuela llamada Musiteca.
Cuenta Diana Uribe, en una crónica que hace sobre la historia del rock en Bogotá, que para comprar en Musiteca había que pasar el examen que le hacían a uno para asegurarse de que uno sabía verdaderamente de música y quería algo de ahí. “Musiteca es responsable en parte de la llegada de los sonidos no comerciales del rock y la salsa a Bogotá”, afirman sin dudarlo los conocedores.
Las resistencias de los Álvarez y su Musiteca han sido muchas. Fue cuando los quisieron ahogar los formales, cuando los movieron del sitio tradicional, cuando llegaron las multinacionales de la venta del disco, con la llegada del CD y luego el internet. Y después las descargas y los servicios digitales.
“Ahora con la pandemia yo si pensé que se acababa la cosa, cuando fuimos viendo que iba a durar el encierro. ¿Quién iba a querer comprar música en discos si ya ni el local podíamos abrir?”. Pero la vida es extraña y los ríos no corren en línea recta. Las cosas se juntan de maneras extrañas.
“Un amigo me dijo que publicara por redes sociales y vea que funcionó. Me comenzaron a buscar por ahí y ya me hacen pedidos de muchas partes. Ahora que se pudo volver a abrir, seguimos acá -que eso no lo cambio por nada- y por internet.”
Mientras hablamos la música nunca paró. Pasaron Lucho Bermúdez, Toña La Negra y Héctor Lavoe con estrenos (para el oído de uno) de música vieja. Sonó el teléfono varias veces para confirmar citas y pedidos. Llegó un amigo suyo para mamarle gallo e invitarlo almorzar. Carcajadas, anécdotas privadas y hasta una bailadita para el fotógrafo.
Dice César que quiere acabar sus días con un localito en un pueblo, porque él es de pueblo. Que sea con su colección personal -que hace mucho dejó de inventariar- y aparatos viejos de reproducción musical, para contarles a los que nunca vivieron esos tiempos y a los que lo quieren revivir sus recuerdos cómo era eso de poner un disco del lado A y el lado B, contando historias de la música y el sentir. Va a ser duro verlo partir de ese lugar, aunque la verdad no creo que logre irse. Con decir que el día que estuvimos ahí garlando, Saúl, su hermano, cumplía años de fallecido. Hay mucha raíz invisible ahí para desaparecer sin más.
Cuando le mandé las fotos a Diana, que vive en Nueva York y me recomendó el lugar, se largó a llorar. “Extraño a esa gente, pucha”.
Tal vez es que Musiteca no es un lugar en la ciudad, sino en el corazón y en el oído. Sí.
Por: Nelson Cardenas